Inesperada certidumbre

Era un alma tan minúscula que ni ella misma se veía. Invisible ante un océano de ojos. Soñaba cuentos y formaba hechos que sacaba de los recovecos más profundos de sus bolsillos. Y se creyó dueña de un paraíso de cristal, y se veneró a sí misma por serlo.
Decidió estrangular su cuello con ambas manos cuando entendió que estaba loca. Apretó sus delgados y blancos dedos sobre su horrible piel. Pensó que volaba cuando realmente solo divagaba en lo más alto de su locura. Y lo estrujó fríamente; tan fuerte que perdió la lucidez y conoció el verdadero temor con el que tuvo que convivir a solas en el vacío
Encontró a la negra dama a la cual abrazó desesperada; la bella capa, que sostenía sobre los hombros, rozó su marchita mejilla como invitación al desfile. El séquito le aduló a su alrededor para reclutarle como una lacaya más de la señora; la cual  cogió su mano. Resignada a dar el paso final, ella soltó suavemente sus dedos, que mantenía agarrados, en un último desliz y se giró indiferente marchando hacia la nada entre el suave movimiento de su capa rozando sus talones. Una bella mujer que deambula entre los límites de su elegancia.
La luz vino; era tan cegadora que nublaba su sentido del bien y del mal. Hacía daño a sus semejantes con la inocencia personificada; en el fondo de sus bolsillos se ahogaba a sí misma con sus propias manos en un mar de lágrimas contenidas. Los días se sucedían lentamente como la aguja del segundero de un reloj perdido en un desván empolvado. Creyó que la mayor tortura del ser humano era ser consciente de su propio tormento. Aguardaba la llegada de otro abrazo certero.
Con el transcurso de los años, halló el manantial que necesitaba. Lo tomó de varias manos y bebió. Sorbió el agua que estas le ofrecían. Interminable fuente que manaba a sus pies de la misma tierra. La acaparó al completo para ella sola. Aunque llegara la sequía, confiaba en que siempre volvería a brotar. Y si no sucedía, se aferraría cual lacaya a aquella bella imagen.

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